En los más oscuros páramos de la mente del hombre, existía un ser salpicado por la sangre y el odio de las personas malas, imbuido por la severa sensación de oscuridad, recogía las desdichas de quienes vendieron su alma a un bajo coste. Aquellos, que como él, vagaban por los senderos del sufrimiento sentían una profunda angustia que se veía aliviada a través del mal ajeno, ese mal, que cómo el ojo del huracán te hace sentir una falsa seguridad, ya que sabes que la angustia volverá a empezar.
Él sabía que no era su mundo, éste estaba en un rincón de la inconsciencia de algún hombre, pero sin más, un día cualquiera, tomó el mando de sus pensamientos dejándolo, paralizado y con miedo. Ese hombre recto tenía firmes convicciones y buenos principios, pero de su inconsciencia había salido un mal tremendo, un mal, que acabaría con su vida tal y como la conocía, tirando por el suelo sus más valiosos recuerdos, profanando sus mejores habilidades y destrozando todas sus amistades. Desde entonces, se cuestionó una y otra vez.
Al principio, todo fue demasiado rápido, el tiempo seguía pasando y aquel ser, aquella mente, se hizo con el control total y el hombre recto se vio relegado a un segundo plano, a la cárcel de su mismo captor.
Sin embargo el ser oscuro sintió la libertad y vio desaparecer la angustia, aprendiendo de un mundo totalmente nuevo que le brindaba luz y bienestar.



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